El ser humano siempre ha sido ávido de admirar y seguir a un líder. Intrínsecamente buscamos personas que puedan ser referentes, y eso es positivo para la convivencia. Los líderes surgen de manera natural y, en muchas ocasiones, son necesarios en distintos ámbitos: la familia, la empresa, la política y la educación.
Pero resulta que también podemos caer en la trampa de idolatrar a un líder, idealizarlo. Nada nuevo hay debajo del sol, ha sucedido siempre. Es por eso que vemos cómo personas se fanatizan por figuras como Milei, Bukele, Trump, Cristina Kirchner, María Corina Machado, o quien fuera que sea.
El problema no es el liderazgo en sí mismo, sino esa inclinación que tenemos los seres humanos de admirar desmedida y acriticamente a cualquier líder sin tener un criterio sano y sensato para evaluar las cosas. Uno puede admirar o ponderar cosas buenas en un líder político pero eso no implica que uno tenga que asentir todo lo que ese líder diga o proponga. Y si, la política genera fanatismos pero no debería suceder entre aquellos que son hijos de Dios.
Hay algunas cosas que conllevan a que esto suceda entre los cristianos. Lamentablemente en muchos círculos eclesiásticos se enseña, implícitamente, a no cuestionar y a no tener un sano sentido crítico de las cosas. Lo he visto con mis propios ojos, con tristeza, como algunos líderes religiosos se vuelven incuestionables, eso es muy peligroso. Y esa cultura es muy dañina porque nos cierra la mente a no tener perspectivas más amplias y con un sano sentido crítico.
No importa si esos líderes políticos son liberales, socialistas, conservadores, socialdemócratas o, incluso, cristianos. El fanatismo (idolatría) es muy dañino. Es clave comprender que las naciones son transformadas por cómo la iglesia puede generar una real injerencia y discipulado en los distintos ámbitos de influencia. Los verdaderos cambios en un país no los produce la política, aunque, por supuesto, es necesaria. Porque la transformación que necesita el ser humano en primer lugar, es espiritual, y la legislación, aunque necesaria, no influye en manera alguna en nuestro espíritu.
Cuando uno entiende eso, se «desfanatiza», y cobra la cordura. Cuando nuestra confianza es ciega y se apoya solo en lo que puede hacer un político, más tarde que temprano nos vamos a frustrar. No hay que caer en ese engaño. Los cristianos tenemos nuestra fe en Cristo, eso nos hace libres y menos manipulables.
Esa es la genuina libertad, creer en Cristo y vivir bajo los principios que Su palabra nos enseña. Así, pues, lo enseña Jeremías 17:5:
«¡Maldito aquel que confía en los hombres, que se apoya en fuerzas humanas y aparta su corazón del Señor!
El profeta reconoce una gran verdad: Nuestra sincera confianza y fe tiene que estar en Aquel que todo lo puede y todo lo gobierna. Es un grave error poner nuestra confianza plena y certeza en las «fuerzas humanas». En el mismo capítulo Jeremías hace otra gran aseveración en el versículo 7: «Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él». Allí radica nuestra verdadera potencia, en descansar en el Soberano de los reyes de la tierra. Cristo es la esperanza de las naciones.
Entiendo a quienes están en política partidaria y militan, porque tienen que hacer campaña o transmitir un determinado mensaje alineado a la gestión de turno. Eso es comprensible. Lo que no debería ocurrir es regir nuestra conciencia creyendo que un líder va a resolver los grandes problemas que solo se resuelven cuando Cristo y sus principios son aplicados.
La Biblia nos deja un concepto muy claro acerca de en quién ponemos nuestra confianza. Los líderes fuertes, quienes generan una gran adhesión, aún con buenas ideas, pueden equivocarse. Simplemente porque son seres humanos, son falibles, pueden errar al blanco.
El gran desafío para los cristianos es mantener toda nuestra confianza plena y absoluta en Cristo, nuestro Rey y Señor, aun en las cuestiones políticas. Insisto, esto no significa que no podamos seguir a un líder político. El asunto es si realmente descansamos en lo que el líder puede hacer o si realmente creemos y confiamos con total certeza en todo lo que Dios puede realmente hacer o «deshacer».
Porque al final Dios sigue siendo soberano, nada acontece sin que él lo permita. Nada escapa a su voluntad soberana. Nada lo sorprende ni lo aqueja. Estamos en manos de Aquel que todo lo ha creado con su sabiduría y con su poder.
Que seguir a un líder político no te ciegue, no te fanatice y no te nuble el sano sentido del juicio que todos tenemos que tener para el avance del reino. Al final nuestra tarea es esa: ser embajadores de un reino que nos trasciende y está por encima de cualquier partido y gobierno de turno.
Los seres humanos son falibles, cometen errores, son y somos corruptibles. Por eso es que nuestra mirada tiene que ser CRISTO. Podemos seguir una visión y apoyar a un líder, no hay problema con eso. El problema es cuando nos olvidamos quién es nuestra fuente y nuestra verdadera causa.
Un abrazo!
Omar Sarmiento



Me gusto mucho el artículo sobre el fanatismo. Y se da mucho tanto en la política como en la iglesia y en las denominaciones. Por ejemplo veo hoy una onda nueva en la que se llama papá al pastor o mamá a la pastora. En mi opinión eso lleva al fanatismo. Otro espacio en los que veo fanatismo es en los consejos pastorales que no someten a elecciones periódicas a los que presiden al órgano. El fanatismo no es bueno nunca porque te da una mirada sesgada de la realidad, pero también la tibieza es mala. Muchos pastores no solo no participan de un artículo no comentándolo desde una óptica crítica, sino que tampoco vierten opiniones sobre corrientes de pensamientos que hasta hace poco nos dominaba como es el wokismo o ideologías en general en las que estamos inmersos, por ejemplo el dominio que ejerce el islamismo en Europa hoy y que pueden también ejercer hoy en Argentina. En fin. Aprecio y apruebo lo dicho por usted, no obstante sostengo que debemos crecer en nuestra participación social en opiniones y formación del pensamiento social. Abrazo.